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Vientres colonizados: capitalismo, reproducción y el dominio sobre los cuerpos feminizados en la periferia

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Vientres colonizados: capitalismo, reproducción y el dominio sobre los cuerpos feminizados en la periferia

El capitalismo global no se reproduce únicamente a través de la extracción de recursos naturales o de la explotación del trabajo asalariado. Existe una dimensión más íntima, más profunda y con frecuencia invisibilizada, en la que el sistema ejerce su dominio: el cuerpo mismo de quienes pueden gestar. En el Sur Global, esta dimensión adquiere contornos especialmente violentos, donde la colonialidad del poder —en el sentido que Enrique Dussel articula con rigor a lo largo de su obra— inscribe sobre los vientres de las mujeres y cuerpos feminizados una lógica de prescindibilidad y control que no puede comprenderse al margen del orden capitalista-colonial.

El cuerpo como territorio disputado

Dussel ha insistido en que la modernidad europea se construyó sobre la negación de la alteridad. El Otro —la mujer, el indígena, el colonizado— no es reconocido como sujeto pleno de dignidad, sino instrumentalizado en función de las necesidades del sistema. Esta lógica de la negación alcanza su expresión más brutal cuando se aplica al cuerpo reproductivo. No se trata de una metáfora: las políticas de control poblacional implementadas en América Latina, África y Asia durante el siglo XX fueron diseñadas desde centros de poder metropolitanos con una finalidad explícita de regulación demográfica de las poblaciones consideradas «excedentes» o «problemáticas» para el orden económico global.

Desde la esterilización forzada de mujeres indígenas en el Perú durante los años noventa —bajo el gobierno de Alberto Fujimori y con financiación de organismos internacionales vinculados a la agenda neoliberal— hasta los programas de anticoncepción coercitiva promovidos en contextos de ajuste estructural en África subsahariana, el patrón es consistente: el cuerpo gestante de la mujer periférica es concebido como un problema demográfico antes que como el asiento de una vida que merece ser protegida.

Biopolítica y prescindibilidad: la lectura dusseliana

La categoría foucaultiana de biopolítica —el gobierno de las poblaciones a través de la administración de la vida y la muerte— adquiere en el marco dusseliano una dimensión geopolítica que Foucault no desarrolló plenamente. Para Dussel, no basta con señalar que el poder moderno gestiona la vida: es necesario preguntarse qué vidas son gestionadas, desde dónde se ejerce ese poder y a favor de quiénes. La respuesta revela una asimetría radical: son los cuerpos del Sur los que quedan sometidos a la biopolítica del capital, mientras que los cuerpos del Norte son protegidos, medicalizados y valorados como fuente de fuerza de trabajo cualificada.

En este esquema, el control sobre la reproducción no opera de manera uniforme. En los países centrales, la natalidad se incentiva cuando la economía requiere mano de obra; en la periferia, se restringe cuando la población excede la capacidad del sistema para absorberla productivamente. Esta doble vara revela que la biopolítica capitalista no es neutral: es racializada, generizada y geopolíticamente situada. El cuerpo gestante del Sur Global ocupa, en la jerarquía del capital, una posición análoga a la de cualquier otro recurso natural: valioso cuando puede ser explotado, prescindible cuando resulta un obstáculo para la acumulación.

Maternidad forzada y negación de la autonomía

Si el control coercitivo de la natalidad representa una cara del dominio, la otra —igualmente violenta— es la maternidad forzada. En numerosos países de América Latina, la penalización absoluta del aborto —incluso en casos de violación, malformaciones fetales incompatibles con la vida o riesgo para la salud de la gestante— constituye una forma de violencia de Estado que recae de manera desproporcionada sobre las mujeres más pobres y racializadas.

Desde la ética de la liberación dusseliana, esta situación exige ser leída como una expresión de la alteridad negada. La mujer que no puede decidir sobre su propio cuerpo es reducida a instrumento: su subjetividad es suprimida, su palabra no cuenta, su vida es subordinada a una norma que ella no ha producido y que la excluye como sujeto político. Dussel nos recuerda que toda ética auténtica debe partir del reconocimiento del rostro del Otro como interpelación: cuando ese Otro es una mujer gestante en situación de vulnerabilidad, negarle la autonomía reproductiva equivale a negarle su condición de persona.

No es casual que los países con legislaciones más restrictivas en materia reproductiva sean, en su mayoría, naciones periféricas donde la Iglesia católica y los grupos conservadores han operado históricamente como aliados del orden colonial. La confluencia entre patriarcado, religión institucional y capitalismo extractivo no es accidental: responde a una arquitectura de dominación que Dussel identifica como constitutiva de la modernidad-colonialidad.

Acceso desigual y violencia obstétrica

El dominio sobre los cuerpos gestantes no se ejerce únicamente a través de la ley. La violencia obstétrica —entendida como el trato deshumanizante, la patologización innecesaria del parto, la realización de procedimientos sin consentimiento informado y la negación de información adecuada— constituye otra dimensión del mismo fenómeno. En los sistemas de salud de América Latina, esta violencia se intensifica cuando la paciente es indígena, afrodescendiente o de escasos recursos económicos.

Hay aquí una convergencia entre la colonialidad del saber médico —que impone protocolos diseñados desde paradigmas eurocéntricos— y la colonialidad del poder que jerarquiza los cuerpos según su clase, raza y género. El saber médico hegemónico deslegitima los conocimientos ancestrales sobre el parto, patologiza prácticas comunitarias y somete a las mujeres a una autoridad experta que frecuentemente las trata como objetos de intervención antes que como sujetos con voz propia.

Hacia una política reproductiva de la liberación

La filosofía de la liberación de Dussel no se agota en el diagnóstico crítico: apunta también a la praxis transformadora. Frente al dominio capitalista-colonial sobre los cuerpos gestantes, una política reproductiva emancipatoria debe articularse desde las propias comunidades afectadas, reconociendo la soberanía de las mujeres y cuerpos feminizados sobre sus decisiones reproductivas como condición de posibilidad de cualquier proyecto político liberador.

Esto implica, en primer lugar, la despenalización y garantía del acceso al aborto seguro como derecho de salud pública. Pero implica también algo más profundo: la construcción de sistemas de salud que partan del reconocimiento de la dignidad intrínseca de quienes gestan, que integren saberes comunitarios e indígenas, y que rompan con la lógica instrumental que reduce el cuerpo reproductivo a un recurso demográfico al servicio del capital.

La lucha por la autonomía reproductiva en el Sur Global no es, por tanto, una demanda sectorial ni un asunto de identidad. Es una batalla central en el proyecto de liberación que Dussel ha articulado durante décadas: la batalla por el reconocimiento pleno del Otro como sujeto, como persona, como fuente irreductible de dignidad que el sistema-mundo capitalista-colonial se empeña en negar.

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