Jerarquías de lo viviente: la pandemia como laboratorio del necropoder capitalista y la prescindibilidad del Sur Global
Cuando el mundo se detuvo en marzo de 2020, los discursos oficiales proclamaron que el virus no discriminaba. La realidad, sin embargo, fue brutalmente distinta. La pandemia de COVID-19 actuó no como un igualador universal, sino como un revelador implacable de las estructuras de poder que determinan, desde hace siglos, qué vidas son consideradas plenas, protegibles, dignas de inversión política y económica, y cuáles son tratadas como estadísticas prescindibles. Leer este fenómeno desde la filosofía de la liberación de Enrique Dussel no es un ejercicio académico abstracto: es una exigencia ética ante la magnitud del abandono perpetrado.
El cuerpo periférico como zona de sacrificio
Dussel ha insistido, a lo largo de décadas, en que el sistema-mundo moderno-colonial no se sostiene únicamente mediante la explotación económica, sino a través de una operación ontológica más profunda: la negación de la humanidad plena del Otro. Esta negación no requiere siempre de la violencia explícita; con frecuencia opera a través de la indiferencia, de la omisión, de la decisión de no decidir. Durante la pandemia, esta lógica se manifestó con una claridad que debería habernos resultado insoportable.
Mientras los países del Norte Global acaparaban vacunas mediante contratos anticipados —el llamado vaccine nationalism— y garantizaban la inmunización de sus poblaciones antes de que los ensayos clínicos concluyeran en muchos casos, el Sur Global aguardaba. No por incapacidad técnica propia, sino porque el orden internacional de propiedad intelectual, blindado por los Acuerdos ADPIC de la Organización Mundial del Comercio, impedía la producción local de vacunas genéricas. La propuesta de India y Sudáfrica para suspender temporalmente las patentes fue bloqueada durante meses por la presión de las grandes potencias farmacéuticas. En ese bloqueo se condensó una decisión política sobre quién vivía primero.
Acumulación por desposesión sanitaria
Las grandes corporaciones farmacéuticas —Pfizer, Moderna, AstraZeneca— desarrollaron sus vacunas con financiamiento público masivo: miles de millones de dólares provenientes de contribuyentes estadounidenses, europeos y británicos. Sin embargo, los derechos de propiedad intelectual permanecieron en manos privadas, generando beneficios extraordinarios mientras las poblaciones de África, América Latina y el Sudeste Asiático esperaban dosis que nunca llegaron en la cantidad prometida, o llegaron tarde, o llegaron vencidas.
Esta dinámica ilustra lo que David Harvey denominó «acumulación por desposesión», pero Dussel nos invita a leerla en una clave más radical: no se trata solo de un fallo del mercado, sino de la expresión coherente de un sistema que, desde su arquitectura fundacional, ha convertido la vida humana en el Sur Global en un costo externalizable. La ganancia farmacéutica no fue un efecto secundario de la gestión pandémica; fue, en buena medida, su objetivo estructural. El capital no abandona a los pobres por descuido: los abandona por diseño.
El colapso de los sistemas de salud como consecuencia del ajuste estructural
Sería un error analítico reducir la vulnerabilidad sanitaria del Sur Global a una fatalidad histórica. Los sistemas de salud que colapsaron en 2020 y 2021 en países como Brasil, México, Perú, Ecuador o la India no se encontraban débiles por azar. Décadas de políticas de ajuste estructural impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial habían desmantelado sistemáticamente la capacidad estatal de atención sanitaria pública, sustituyéndola por lógicas de mercado que excluyen a quienes no pueden pagar.
Desde la perspectiva dusseliana, esta destrucción de la infraestructura del cuidado es una forma de violencia estructural que antecede y condiciona la violencia aguda de la crisis. El Estado periférico que no puede sostener hospitales, que carece de respiradores, que depende de insumos importados a precios que no puede costear, no es un Estado fallido en términos culturales o civilizatorios: es un Estado deliberadamente vaciado por las exigencias del sistema financiero internacional. La deuda soberana como instrumento de disciplinamiento, que Dussel ha analizado en conexión con la lógica colonial, tuvo en la pandemia su consecuencia más letal.
Necropoder y la administración diferencial de la muerte
El concepto de necropoder, desarrollado por Achille Mbembe y convergente con la crítica dusseliana a la modernidad colonial, describe la capacidad soberana de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Durante la pandemia, este poder no se ejerció mediante decretos explícitos, sino mediante la arquitectura silenciosa de decisiones corporativas, acuerdos comerciales y prioridades presupuestarias. Cuando un gobierno del Norte Global firmaba un contrato para asegurarse cien millones de dosis para una población de cincuenta millones de personas, estaba ejerciendo necropoder sobre las poblaciones que quedarían sin acceso.
Dussel nos recuerda que la modernidad se ha construido sobre la negación sistemática de la exterioridad, sobre la incapacidad de reconocer al Otro como interpelante ético. La pandemia convirtió esa negación en cifras de muertos: en Brasil, donde la gestión negacionista de Bolsonaro se combinó con la desigualdad estructural, las comunidades indígenas y las periferias urbanas sufrieron tasas de mortalidad que ningún dato agregado podía ocultar. En México, la sobremortalidad golpeó con especial crudeza a trabajadores informales que no podían permitirse el lujo del confinamiento. En el África subsahariana, la combinación de vacunas escasas y sistemas sanitarios debilitados produjo una catástrofe cuya magnitud real aún no ha sido plenamente registrada.
Hacia una ética de la vida como horizonte político
Frente a este panorama, la filosofía de la liberación no se limita al diagnóstico. Dussel propone la «vida humana» como criterio material y fundamental de la ética política: toda norma, institución o decisión debe ser juzgada en función de si reproduce o destruye las condiciones de la vida concreta de los seres humanos, especialmente de los más vulnerables. Desde este criterio, la gestión global de la pandemia representa un fracaso ético de proporciones históricas.
Las respuestas que emergieron desde los márgenes —los movimientos que exigieron la suspensión de patentes, las redes comunitarias de cuidado en las periferias latinoamericanas, los sistemas de salud comunitaria que resistieron donde el Estado había abdicado— encarnan lo que Dussel llama la «voluntad de vivir» del pueblo, la potestas que emerge desde abajo cuando el poder institucional traiciona su función. Cuba, con sus vacunas de producción propia y su tradición de medicina solidaria, ofreció un contrapunto que el pensamiento crítico no puede ignorar, independientemente de sus contradicciones políticas internas.
La pandemia ha terminado para los índices bursátiles. Para millones de familias en el Sur Global que perdieron a sus mayores, sus fuentes de ingreso y su fe en un orden internacional que prometía solidaridad, las preguntas siguen abiertas. La filosofía de la liberación nos exige que no cerremos esas preguntas con el olvido, sino que las convirtamos en el punto de partida de una política radicalmente distinta: una que reconozca en cada rostro excluido no un problema a gestionar, sino un sujeto que interpela y que exige respuesta.