Tierra, hambre y capital: la agroindustria global como maquinaria de dominación sobre los pueblos campesinos
Hay una violencia que no dispara balas y que, sin embargo, despoja. Es la violencia que opera cuando una corporación transnacional adquiere miles de hectáreas de tierra fértil en el Cono Sur, desplaza comunidades que han cultivado esos suelos durante generaciones, y las reemplaza por monocultivos destinados a alimentar ganado en Europa o abastecer biocombustibles para los automóviles del Norte. Esta violencia tiene nombre en la tradición filosófica dusseliana: es la negación del Otro, la reducción de lo vivo a insumo del sistema, la conversión de la exterioridad campesina en engranaje de la totalidad capitalista.
Enrique Dussel nos enseñó que el capital no es simplemente una relación económica entre propietarios y trabajadores. Es, ante todo, una lógica de totalización que absorbe, degrada y finalmente destruye todo aquello que no puede reducir a mercancía. La tierra, el agua, la semilla, el conocimiento agrícola acumulado durante siglos: todo ello queda subsumido bajo la racionalidad del rendimiento, la productividad y la ganancia. Comprender la crisis alimentaria contemporánea desde este marco filosófico implica reconocer que no estamos ante un problema técnico de eficiencia agrícola, sino ante una contradicción estructural entre dos formas de habitar el mundo.
La reproducción ampliada del capital y el despojo territorial
Marx describió la reproducción ampliada del capital como el proceso mediante el cual el sistema no solo se sostiene, sino que se expande constantemente, incorporando nuevos territorios, nuevas poblaciones y nuevas esferas de la vida a su lógica de valorización. Dussel profundizó esta lectura al señalar que dicha expansión no es neutral: requiere siempre de una exterioridad que pueda ser incorporada, de un «afuera» que el capital pueda colonizar.
En el caso de la agroindustria global, ese «afuera» son los territorios campesinos e indígenas de América Latina, África subsahariana y el Sudeste Asiático. El proceso de acumulación por desposesión —concepto que David Harvey retoma de Marx y que resuena con las categorías dusselianas— no es un fenómeno histórico superado. Es el presente de millones de familias expulsadas de sus parcelas en el Chaco paraguayo, en el Cerrado brasileño, en los valles andinos de Bolivia y Perú, en las comunidades mayas de Chiapas o en las tierras comunales de Oaxaca.
La agroindustria no conquista estos territorios únicamente mediante contratos o decretos. Lo hace también a través de la deuda, de los paquetes tecnológicos que generan dependencia de insumos externos, de los tratados de libre comercio que inundan los mercados locales con productos subsidiados del Norte y arruinan a los productores locales. Es un despojo multicapa, que actúa simultáneamente sobre la economía, el cuerpo y la subjetividad de las comunidades afectadas.
Violencia epistémica y la deslegitimación del saber agroecológico
Pero la dominación agroindustrial no se agota en lo económico. Hay una dimensión epistémica que Dussel ha señalado con insistencia: la colonialidad del saber implica que los conocimientos generados fuera del canon científico occidental son sistemáticamente descalificados, invisibilizados o directamente apropiados sin reconocimiento de su origen.
En el campo de la agricultura, esta violencia epistémica adopta formas muy concretas. Las semillas nativas, seleccionadas y mejoradas por comunidades campesinas durante milenios, son catalogadas como «variedades primitivas» frente a los híbridos y transgénicos «modernos». Las prácticas agroecológicas que mantienen la fertilidad del suelo, gestionan el agua y preservan la biodiversidad son tachadas de «ineficientes» o «premodernas» por los manuales de las agencias de desarrollo y los representantes de las corporaciones semilleras. El saber del campesino es, en el mejor de los casos, un objeto de estudio etnográfico; jamás un conocimiento válido para orientar políticas públicas.
Esta descalificación no es inocente. Sirve a una función precisa dentro del sistema: justificar la intervención tecnológica externa, crear dependencia de insumos patentados y desarticular las formas de autonomía que los pueblos campesinos han construido históricamente. Cuando una comunidad deja de guardar sus propias semillas y pasa a comprarlas cada temporada a una transnacional, no solo pierde un recurso material: pierde soberanía epistémica, pierde la capacidad de reproducir su propio mundo.
La dependencia alimentaria como forma de colonialidad contemporánea
Uno de los rasgos más perturbadores del modelo agroexportador es su paradoja estructural: los países que producen alimentos para el mundo son, con frecuencia, los mismos que padecen hambre crónica. América Latina concentra algunas de las mayores reservas agrícolas del planeta y, al mismo tiempo, alberga a cientos de millones de personas en situación de inseguridad alimentaria.
Esta paradoja no es un accidente ni una disfunción: es el resultado lógico de una división internacional del trabajo que asigna al Sur el papel de proveedor de materias primas baratas y reserva de mano de obra. Los territorios campesinos son reorganizados para producir soja, palma, caña de azúcar o cacao destinados a la exportación, mientras las comunidades locales quedan desprovistas de los alimentos que necesitan para subsistir y obligadas a comprarlos —cuando pueden— en mercados abastecidos con importaciones del Norte.
Desde la filosofía dusseliana, esta situación no puede describirse simplemente como «subdesarrollo» o «atraso». Es una condición producida activamente por el sistema-mundo capitalista, que necesita de la periferia empobrecida para sostener su propia dinámica de acumulación. La dependencia alimentaria no es el punto de partida del que habría que salir mediante modernización tecnológica: es el producto histórico de siglos de colonialismo y de las formas contemporáneas en que este se reproduce.
Soberanía alimentaria como praxis de liberación
Frente a este diagnóstico, la propuesta de la soberanía alimentaria —desarrollada por movimientos campesinos como La Vía Campesina y resonante con las categorías filosóficas de Dussel— no es una reivindicación sectorial de agricultores. Es un proyecto político de alcance civilizatorio.
La soberanía alimentaria afirma el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas agrícolas y alimentarias, a proteger sus sistemas de producción local, a recuperar el control sobre las semillas y los recursos naturales, y a construir economías que sirvan a la reproducción de la vida en lugar de a la acumulación del capital. En términos dusselianos, es una afirmación de la exterioridad campesina frente a la totalidad agroindustrial: el Otro que se niega a ser incorporado en los términos del sistema y que, desde esa negativa, abre una posibilidad de mundo diferente.
Esta praxis de liberación no es únicamente defensiva. Implica la recuperación activa de los saberes agroecológicos, la construcción de circuitos de intercambio que eludan los intermediarios del agronegocio, la articulación de alianzas entre productores y consumidores urbanos, y la disputa por políticas públicas que reconozcan la agricultura campesina como pilar de la seguridad alimentaria y de la sustentabilidad ecológica.
El horizonte ético-político de la vida
Dussel ha insistido en que toda ética crítica debe partir del criterio material de la vida: aquello que permite reproducir y desarrollar la vida humana en comunidad es lo éticamente válido; aquello que la destruye o la subordina a la lógica del capital es éticamente condenable. Este principio, aparentemente sencillo, tiene consecuencias radicales cuando se aplica al sistema alimentario global.
Un modelo que produce abundancia para los mercados de exportación mientras condena al hambre a quienes trabajan la tierra no puede legitimarse apelando a la eficiencia, la innovación o el libre comercio. Esos argumentos son, en el mejor de los casos, racionalizaciones de un orden que ha decidido que ciertas vidas importan menos que las ganancias de las corporaciones.
La filosofía de la liberación nos convoca a nombrar esa decisión con precisión y a construir, desde los márgenes del sistema, las condiciones para un orden alimentario que ponga la vida en el centro. No como utopía abstracta, sino como exigencia ética urgente frente a un presente que ya no puede postergarse.