Cuerpos disciplinados, territorios sitiados: la violencia estatal como política de exterminio en las periferias urbanas
En las madrugadas de las favelas de Río de Janeiro, en los pasillos de las villas miseria de Buenos Aires, en los barrios populares de Bogotá o en las colonias periféricas de Ciudad de México, el Estado no se presenta como garante de derechos: se manifiesta como fuerza de ocupación. La violencia institucional que recae sobre estos territorios no obedece a la lógica de la seguridad pública, sino a una racionalidad más profunda y más antigua: la de la colonialidad del poder, que decide qué cuerpos merecen protección y cuáles merecen ser controlados, dispersados o eliminados.
Enrique Dussel ha insistido a lo largo de su obra en que la modernidad occidental no puede comprenderse sin su reverso colonial. Si el discurso de la Ilustración proclamó la universalidad de los derechos del hombre, lo hizo al mismo tiempo que construía una jerarquía ontológica que situaba a determinadas poblaciones —indígenas, afrodescendientes, migrantes, pobres urbanos— fuera del horizonte de lo plenamente humano. Esta operación filosófica tiene consecuencias materiales devastadoras: cuando el Estado aplica la violencia sobre los cuerpos periféricos, no lo hace a pesar de su vocación democrática, sino en coherencia con el núcleo excluyente de su fundamento moderno-colonial.
La biopolítica del control: gobernar matando
Michel Foucault describió la biopolítica como la forma en que el poder moderno toma la vida como objeto de gestión y administración. Sin embargo, como señalara Achille Mbembe —y como puede leerse en diálogo productivo con Dussel—, en las periferias globales la biopolítica se transforma en necropolítica: el poder no solo administra la vida, sino que decide soberanamente quién puede morir y bajo qué condiciones esa muerte queda impune.
Esta dimensión necropolitica del Estado capitalista contemporáneo se expresa con particular brutalidad en la militarización de los territorios urbanos empobrecidos. Las operaciones policiales que en América Latina se denominan eufemísticamente «pacificaciones» o «intervenciones de seguridad» reproducen, en el corazón de las ciudades poscoloniales, la lógica de la guerra colonial: una lógica en la que el territorio es concebido como zona de excepción, donde el derecho queda suspendido y la violencia estatal se ejerce sin límite ni rendición de cuentas.
Dussel nos ofrece una clave filosófica fundamental para comprender este fenómeno: la categoría del Otro. El habitante de la periferia urbana es, para el orden capitalista y para los aparatos estatales que lo reproducen, un Otro radical: alguien cuya existencia no es reconocida como plenamente digna, cuyo rostro —para usar la terminología levinasiana que Dussel reelabora críticamente— no interpela al sistema, sino que lo incomoda y lo amenaza. La respuesta a esa incomodidad es la represión sistemática.
Del orden público al orden colonial
Cuando se analiza la distribución geográfica de la violencia policial en las ciudades latinoamericanas, emerge un patrón que no puede explicarse únicamente por criterios de criminalidad o inseguridad objetiva. La presencia militarizada del Estado se concentra invariablemente en los barrios habitados por poblaciones racializadas, empobrecidas y migrantes. Las clases medias y altas de las mismas ciudades viven en una relación radicalmente distinta con las fuerzas del orden: para ellas, la policía es un servicio; para las comunidades periféricas, es una amenaza.
Esta asimetría no es fortuita. Responde a lo que el sociólogo peruano Aníbal Quijano denominó la colonialidad del poder: la persistencia, en el presente poscolonial, de las jerarquías raciales y de clase que estructuraron el orden colonial. El Estado latinoamericano, en su configuración histórica concreta, nunca rompió verdaderamente con ese legado. Sus instituciones de seguridad fueron diseñadas, en su origen, para proteger los intereses de las élites criollas frente a las amenazas de los sectores subalternos. Esa vocación fundacional persiste, aunque se vista con el lenguaje técnico de la «gestión del riesgo» o la «prevención del delito».
Dussel ha argumentado que la praxis de la liberación exige, como condición previa, el reconocimiento de esta dimensión histórica de las instituciones. No es posible reformar lo que no se comprende en su genealogía. La violencia policial sobre los cuerpos periféricos no es un exceso corregible mediante protocolos y capacitaciones: es la expresión de una racionalidad estructural que requiere una transformación radical del Estado y de su relación con las comunidades históricamente excluidas.
El rostro negado: alteridad y represión
En la Filosofía de la Liberación, Dussel desarrolla una ética anclada en la responsabilidad ante el rostro del Otro. Ese rostro —metáfora de la irrupción de la exterioridad, de lo que el sistema no puede absorber ni neutralizar— es precisamente lo que la violencia institucional intenta borrar. Cuando un joven negro es asesinado por la policía en una favela brasileña, cuando una familia indígena es desalojada por la fuerza en un barrio periférico de Lima, cuando un migrante centroamericano es detenido y maltratado en la frontera sur de México, el Estado está ejecutando una operación de negación ontológica: está afirmando, con sus acciones, que ese rostro no merece ser visto.
Esta negación tiene consecuencias que van más allá de las víctimas individuales. El terror sistemático sobre las comunidades periféricas cumple una función disciplinadora de alcance colectivo: produce obediencia, desmovilización y resignación. Es, en el sentido más preciso del término, una tecnología de dominación. Su objetivo no es únicamente eliminar a los individuos considerados «peligrosos», sino disciplinar al conjunto de la población periférica, recordándole permanentemente su posición en la jerarquía del sistema-mundo capitalista.
Resistencias desde la exterioridad
Sin embargo, la historia de las periferias urbanas del Sur Global no es únicamente una historia de opresión y muerte. Es también, y fundamentalmente, una historia de resistencia, organización y creación de alternativas. Los movimientos de madres y familiares de víctimas de la violencia policial —desde las Madres de la Plaza de Mayo hasta el movimiento Vidas Negras Importam en Brasil o el colectivo #VidasRobasEnMéxico— constituyen expresiones concretas de lo que Dussel denomina la praxis de liberación: la acción transformadora que emerge desde la exterioridad del sistema, desde quienes han sido negados y que, en su negación misma, encuentran la potencia ética y política de la interpelación.
Estas resistencias no son simplemente reacciones defensivas. Son, en términos dusselianos, afirmaciones de la dignidad del Otro: actos mediante los cuales las comunidades periféricas reivindican su derecho a existir, a ser reconocidas y a participar en la construcción de un orden político radicalmente distinto. Su horizonte no es la integración subordinada en el sistema que las excluye, sino la transformación de ese sistema desde sus fundamentos.
Hacia una crítica filosófica de la violencia estatal
La filosofía de la liberación de Dussel nos proporciona herramientas conceptuales indispensables para comprender la violencia institucional no como un fenómeno aislado o coyuntural, sino como un componente estructural del orden capitalista-colonial. Pensar la represión estatal desde la categoría de la alteridad, desde la ética de la responsabilidad ante el Otro y desde la crítica a la modernidad eurocéntrica, permite articular un análisis que no se limita a denunciar los excesos del sistema, sino que cuestiona el sistema en su totalidad.
Las periferias urbanas del Sur Global no son espacios de caos o barbarie, como los representa el discurso hegemónico. Son territorios de vida intensa, de creatividad cultural y de resistencia política. Su militarización es la respuesta del orden capitalista a esa vitalidad: un intento de contener lo que no puede controlar, de silenciar lo que no puede responder. Frente a esa violencia, la filosofía tiene una responsabilidad que no puede eludir: nombrar la injusticia con precisión, comprender sus raíces y contribuir a la elaboración de horizontes de liberación para quienes la padecen.