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Geopolítica y Pensamiento Crítico

Narrar desde los márgenes: medios, silencio epistémico y la batalla por la palabra en el Sur Global

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Narrar desde los márgenes: medios, silencio epistémico y la batalla por la palabra en el Sur Global

Cada vez que una comunidad indígena bloquea una carretera para defender su territorio, los medios dominantes repiten el mismo guión: caos, obstrucción, radicalismo. Cada vez que un movimiento campesino ocupa tierras improductivas para alimentar a sus familias, los titulares hablan de inseguridad jurídica y espanto a la inversión. La pregunta que la filosofía de Enrique Dussel nos obliga a formular no es solo periodística —¿cómo se cuenta la noticia?— sino ontológica y ética: ¿a quién se le reconoce el derecho a tener una historia que merezca ser narrada?

El sistema mediático como dispositivo de totalidad

En la arquitectura conceptual dusseliana, la totalidad es el sistema que se cierra sobre sí mismo, que convierte en invisible o amenazante todo lo que no puede integrar bajo sus propias categorías. Los grandes conglomerados mediáticos transnacionales —concentrados en un puñado de corporaciones con sede en el Norte Global— funcionan precisamente como dispositivos de totalidad: definen el marco interpretativo desde el cual los conflictos sociales son legibles, y ese marco es invariablemente el del orden capitalista, la propiedad privada y la gobernanza liberal.

Lo que Dussel denomina violencia epistémica no se produce únicamente en los manuales escolares o en los programas universitarios; se produce también, y de manera masiva, en los informativos de las siete, en los editoriales de los grandes rotativos, en los algoritmos de distribución de contenidos que deciden qué historias circulan y cuáles se ahogan antes de llegar a la superficie. Silenciar al Otro no requiere censura explícita: basta con no considerarlo fuente legítima, con presentar sus reclamos como irracionales, con contextualizar su lucha únicamente desde el punto de vista del poder que la reprime.

El rostro negado en la pantalla

Dussel construye su ética en torno a la categoría del rostro del Otro, tomada de Emmanuel Levinas pero radicalmente transformada: el rostro que interpela no es el del prójimo abstracto de la filosofía europea, sino el rostro concreto del pobre, del excluido, del colonizado. Esa interpelación exige una respuesta que no puede ser meramente contemplativa; demanda acción, compromiso, transformación del sistema que produce el sufrimiento.

En el ámbito mediático, esta ética se traduce en una pregunta incómoda: ¿cuántas veces los grandes medios han mostrado el rostro de las mujeres guatemaltecas que defienden el río Cahabón? ¿Cuántas veces han dado la palabra, sin intermediarios paternalistas, a los jóvenes afrodescendientes del Chocó colombiano que exigen el derecho a existir sin ser asesinados? La respuesta es conocida. Cuando aparecen, lo hacen encuadrados en narrativas de victimización pasiva o de peligro social; raramente como sujetos políticos con diagnósticos propios y propuestas elaboradas.

Esta negación mediática del rostro no es accidental. Es estructural. Refleja la posición de clase y la afiliación geopolítica de los propietarios de los medios, sí, pero también una epistemología más profunda que decide quién tiene autoridad para producir conocimiento sobre la realidad social.

Comunicación liberadora como praxis dusseliana

Frente a este panorama, la filosofía de la liberación ofrece no solo diagnóstico sino también orientación práctica. Si la praxis liberadora en Dussel parte siempre de la exterioridad —de los saberes y experiencias de los excluidos del sistema—, entonces una comunicación liberadora debe comenzar por invertir la relación entre emisor y receptor que caracteriza al periodismo convencional.

Esto significa, en primer lugar, reconocer a las comunidades en lucha como productoras de conocimiento, no como objetos de cobertura. Los pueblos que resisten el extractivismo no solo tienen historias que contar; tienen análisis que ofrecer, marcos interpretativos propios que a menudo son más precisos que los de los expertos académicos del Norte. Una radio comunitaria en el altiplano boliviano, un colectivo de comunicadores indígenas en Oaxaca, una red de periodistas afrofeministas en el Cono Sur: estas son expresiones de lo que podríamos llamar, en clave dusseliana, una comunicación desde la exterioridad.

En segundo lugar, implica una reflexión ética sobre las condiciones de producción del relato. ¿Quién financia el medio? ¿Qué intereses corporativos o estatales condicionan la agenda? ¿Qué voces son sistemáticamente excluidas del consejo editorial? La transparencia sobre estas condiciones no es solo una buena práctica periodística; es una exigencia ética que la filosofía de la liberación hace a todo productor de discurso público.

Estrategias para una narrativa contra-hegemónica

La experiencia acumulada por los movimientos de comunicación popular en América Latina permite identificar algunas estrategias concretas. La primera es la autonarración: acompañar a las comunidades en la apropiación de sus propias herramientas comunicativas, desde el video documental hasta las redes sociales descentralizadas, sin imponer los formatos ni los criterios de noticiabilidad del periodismo dominante.

La segunda es la construcción de redes de solidaridad informativa que permitan que una historia silenciada en Colombia circule en España, que una denuncia sofocada en México llegue a Argentina. La globalización de la resistencia exige también una globalización de la narrativa contra-hegemónica.

La tercera estrategia es la formación crítica de audiencias: educar para leer los medios como textos ideológicos, identificar los marcos interpretativos implícitos, cuestionar las ausencias tanto como los contenidos explícitos. Aquí la pedagogía dusseliana y la comunicación liberadora se encuentran en un mismo proyecto político.

La palabra como acto ético

Dussel sostiene que la responsabilidad ética ante el Otro no admite neutralidad. En el campo de la comunicación, esto significa que el silencio ante la injusticia es siempre una toma de posición a favor del orden que la produce. El periodismo que se pretende neutral reproduce, en su misma pretensión, la epistemología del poder.

La batalla por la palabra en el Sur Global no es una disputa técnica sobre formatos y plataformas. Es una lucha filosófica y política por el reconocimiento de la humanidad plena de los excluidos, por el derecho de los pueblos a narrar su propia historia desde sus propias categorías. Esa batalla, la filosofía de la liberación nos recuerda, es también una batalla por la verdad.

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