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Geopolítica y Pensamiento Crítico

La razón instrumental contra el saber vivo: tecnociencia, colonialidad y la guerra silenciosa contra los conocimientos del Sur

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La razón instrumental contra el saber vivo: tecnociencia, colonialidad y la guerra silenciosa contra los conocimientos del Sur

Cuando los grandes consorcios farmacéuticos patentan principios activos derivados de plantas medicinales utilizadas durante siglos por comunidades indígenas amazónicas, o cuando empresas tecnológicas del Norte Global digitalizan y monetizan técnicas agrícolas milenarias sin reconocimiento alguno a sus creadores originales, no estamos ante meras irregularidades jurídicas. Estamos ante la continuación de una lógica colonial que ahora habla el idioma de la innovación, la propiedad intelectual y el progreso científico. La tecnociencia occidental, presentada como el horizonte universal del saber, reproduce con nuevas herramientas una vieja jerarquía: la que divide el mundo entre quienes producen conocimiento legítimo y quienes simplemente habitan la naturaleza sin comprenderla.

Enrique Dussel ha insistido a lo largo de toda su obra en que la modernidad no puede entenderse sin su reverso colonial. El «yo conquisto» precede al «yo pienso» cartesiano: antes de que Europa proclamara la primacía de la razón, había ya sometido territorios, cuerpos y saberes. Esta operación fundacional no concluyó con la descolonización política del siglo XX. Persiste, renovada, en la arquitectura misma del sistema científico-tecnológico contemporáneo.

El mito de la neutralidad científica

Uno de los pilares más sólidos del dominio epistémico occidental es la pretensión de universalidad y objetividad de la ciencia moderna. La tecnociencia se presenta a sí misma como un saber sin lugar, sin cuerpo, sin historia: un conjunto de verdades que trascienden toda particularidad cultural. Esta ilusión de neutralidad es, precisamente, lo que Dussel —junto a pensadores como Aníbal Quijano y Walter Mignolo— ha denominado la «geopolítica del conocimiento».

Todo saber emerge desde un lugar de enunciación situado. La ciencia occidental moderna nació en un contexto histórico preciso: el de la expansión colonial europea, la acumulación primitiva de capital y la clasificación racial de la humanidad. Sus categorías, sus métodos, sus criterios de validación fueron construidos desde ese horizonte y en función de sus necesidades. Afirmar que ese saber es universal equivale a universalizar una perspectiva particular, borrando al mismo tiempo todas las demás.

El efecto práctico de esta operación es devastador: los conocimientos indígenas sobre biodiversidad, los saberes curativos de las comunidades afrodescendientes, las técnicas hidráulicas de los pueblos andinos o las prácticas agroecológicas de los campesinos mesoamericanos son clasificados como «tradición», «folklore» o, en el mejor de los casos, como «conocimiento local» que debe ser validado —y por tanto subordinado— por el método científico occidental antes de ser considerado útil.

Biopiratería y mercantilización del saber ancestral

La dimensión material de esta colonialidad epistémica se expresa con particular brutalidad en el fenómeno de la biopiratería. América Latina, África y Asia concentran una proporción extraordinaria de la biodiversidad del planeta, y las comunidades que han habitado esos territorios durante milenios han desarrollado sistemas de conocimiento enormemente sofisticados sobre esa diversidad biológica. Sin embargo, el marco jurídico internacional de la propiedad intelectual —diseñado en los centros de poder del Norte Global— permite que empresas transnacionales extraigan, sinteticen y patenten esos saberes, convirtiéndolos en mercancías de las que sus creadores originales quedan excluidos.

Desde la perspectiva dusseliana, este proceso no es accidental ni corregible mediante simples reformas regulatorias. Es constitutivo del modo en que el capitalismo global opera sobre las periferias: extrae no solo materias primas y fuerza de trabajo, sino también conocimiento vivo, memoria colectiva, inteligencia comunitaria. La innovación tecnológica occidental se alimenta de los saberes del Sur para luego venderle al Sur sus propios conocimientos en forma de patentes, semillas transgénicas o fármacos a precios inaccesibles.

La tecnología como instrumento de dominación material y simbólica

Más allá de la biopiratería, la colonialidad tecnológica opera también en el plano de la infraestructura digital, la inteligencia artificial y la economía de datos. Los algoritmos que organizan la información en las plataformas digitales dominantes fueron entrenados, en su inmensa mayoría, con datos producidos en contextos culturales anglosajones. Las lenguas indígenas, los sistemas de clasificación no occidentales, las lógicas relacionales de las cosmologías del Sur Global están prácticamente ausentes de esa arquitectura digital que hoy estructura buena parte de la vida social, económica y política.

Esto no es un problema técnico: es un problema político. La inteligencia artificial no es una tecnología neutra que luego puede aplicarse a distintos contextos culturales. Es una tecnología que lleva inscrita en su estructura la visión del mundo de quienes la diseñaron. Cuando se impone como infraestructura global —en los sistemas educativos, en la gestión de servicios públicos, en la toma de decisiones institucionales— reproduce y amplifica la jerarquía epistémica colonial.

Dussel nos recuerda que el «Otro» —el excluido, el negado, el que habita los márgenes del sistema— no es una ausencia accidental sino el producto necesario de una lógica que requiere de su negación para afirmarse. La tecnociencia occidental necesita del «atraso» del Sur para justificar su propio relato de progreso.

Hacia una tecnología desde la alteridad

La filosofía de la liberación no se detiene en el diagnóstico. Interpela también a la praxis. ¿Qué significa pensar la tecnología desde la exterioridad, desde el horizonte de los excluidos?

En primer lugar, implica reconocer la validez epistémica de los saberes ancestrales y comunitarios no como complemento pintoresco de la ciencia occidental, sino como sistemas de conocimiento con su propia lógica, su propia rigor y su propia dignidad. Movimientos como la agroecología política, las redes de semillas libres en México y Brasil, las experiencias de tecnología apropiada en comunidades andinas o las iniciativas de software libre en África francófona apuntan en esa dirección.

En segundo lugar, exige disputar los marcos jurídicos e institucionales que regulan la propiedad intelectual y el acceso al conocimiento. El reconocimiento de los derechos colectivos sobre los saberes ancestrales, la creación de marcos de soberanía epistémica y la construcción de plataformas tecnológicas diseñadas desde y para las necesidades de las comunidades periféricas son tareas políticas urgentes.

Finalmente, y quizás más fundamentalmente, supone una transformación del sujeto del conocimiento: pasar de la figura del científico desencarnado y universal al pensador situado, comprometido con su comunidad, que dialoga horizontalmente con otras formas de saber. Lo que Dussel llama la «analéctica» —la apertura al Otro como fuente de interpelación y enriquecimiento— encuentra aquí una de sus aplicaciones más concretas y urgentes.

Conclusión: la liberación también es epistémica

La dominación colonial del siglo XXI no se ejerce únicamente mediante la fuerza militar o la dependencia financiera. Se ejerce también —y de manera crecientemente eficaz— a través del control de los sistemas de producción, validación y circulación del conocimiento. La tecnociencia occidental, cuando se absolutiza y se impone como único horizonte legítimo del saber, funciona como un instrumento de esa dominación.

Reconocer esto no implica un rechazo irracional de la ciencia ni una romantización acrítica de las tradiciones ancestrales. Implica, en cambio, exigir que el diálogo entre formas de conocimiento sea genuinamente horizontal, que ningún saber se arrogue el derecho de cancelar a los demás, y que la tecnología sirva a la vida de las comunidades y no a la acumulación de quienes ya concentran el poder.

Esa es, en definitiva, la apuesta de la filosofía de la liberación: que el futuro no sea la universalización de un único mundo, sino la construcción compartida de un mundo donde quepan muchos mundos.

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