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Geopolítica y Pensamiento Crítico

Fronteras que matan: migración forzada, ética de la alteridad y la prescindibilidad del Sur en el sistema-mundo

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Fronteras que matan: migración forzada, ética de la alteridad y la prescindibilidad del Sur en el sistema-mundo

El Mediterráneo se ha convertido en la fosa común más grande de Europa. El Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá, devuelve cada semana cadáveres que nadie reclama. El desierto de Sonora guarda los huesos de miles de personas que intentaron cruzar hacia un Norte que las necesitaba como fuerza de trabajo pero las rechazaba como seres humanos. Estos no son accidentes geográficos ni tragedias inevitables: son el resultado predecible de un orden global que produce expulsión y luego criminaliza a los expulsados.

Pensar la migración forzada desde la filosofía de Enrique Dussel no significa solo añadir un marco teórico a un debate político ya saturado. Significa desplazar radicalmente las preguntas: en lugar de preguntarnos cómo gestionar los flujos migratorios, debemos preguntarnos qué sistema produce la necesidad de huir; en lugar de debatir sobre la hospitalidad como concesión generosa, debemos reconocer la deuda histórica que el Norte tiene con el Sur y que hace de la acogida no una gracia sino una obligación ética.

Las raíces estructurales de la expulsión

Dussel construye su análisis del sistema-mundo capitalista a partir de la tesis central de que la riqueza del centro se sostiene sobre el empobrecimiento sistemático de la periferia. Esta no es una metáfora: es una descripción de mecanismos concretos que siguen operando en el siglo XXI. La deuda soberana que succiona recursos de los países del Sur hacia los mercados financieros del Norte. Los tratados de libre comercio que destruyen las agriculturas campesinas al inundar los mercados locales con productos subsidiados. Las empresas extractivistas que se llevan los minerales y dejan los pasivos ambientales. Los paraísos fiscales que vacían las arcas públicas de los estados periféricos.

Cuando una familia hondureña abandona su comunidad, no lo hace porque haya visto un anuncio publicitario sobre el sueño americano. Lo hace porque la palma aceitera ha desplazado su milpa, porque la violencia de las maras —alimentada por la deportación masiva de jóvenes desde Estados Unidos— hace inhabitable su barrio, porque el hospital público cerró tras el ajuste estructural. La migración es, en términos dusselianos, el síntoma más visible de la negación sistemática de la vida de los Otros en el sistema-mundo.

La frontera como tecnología de dominación

Las fronteras contemporáneas no son líneas neutras que separan soberanías equivalentes. Son dispositivos de selección que permiten el libre movimiento de capitales, mercancías e información mientras bloquean, filtran y criminalizan el movimiento de las personas que carecen del pasaporte adecuado. Esta asimetría es constitutiva del orden capitalista global: el migrante económico del Sur es prescindible en tanto ciudadano pero indispensable en tanto fuerza de trabajo barata y sin derechos.

Dussel, siguiendo a Immanuel Wallerstein pero radicalizando su crítica, señala que la división del mundo en centro y periferia no es una herencia del pasado colonial que el capitalismo tardío estaría superando; es una condición estructural que el capitalismo reproduce y necesita. Las fronteras son parte de esa reproducción: crean la figura del trabajador sin papeles, vulnerable a la deportación, incapaz de organizarse sindicalmente, dispuesto a aceptar condiciones que ningún ciudadano con derechos plenos toleraría.

En España, este mecanismo es perfectamente visible en los campos de fresas de Huelva o en los invernaderos de Almería, donde miles de trabajadores migrantes —muchos de ellos mujeres marroquíes— producen la fruta y la verdura que llena las mesas europeas en condiciones de explotación que los medios dominantes raramente retratan con la profundidad que merecen.

La ética de la hospitalidad como exigencia política

La tradición filosófica europea, de Kant a Derrida, ha debatido la hospitalidad principalmente como problema moral abstracto. Dussel, en cambio, la ancla en la asimetría concreta entre quienes tienen el poder de acoger y quienes necesitan ser acogidos. Esta asimetría no es natural; es el producto de siglos de colonialismo, esclavitud y saqueo que han producido simultáneamente la riqueza del Norte y la vulnerabilidad del Sur.

Desde esta perspectiva, la hospitalidad no puede ser un gesto voluntario y gracioso del Estado receptor; debe ser una obligación política fundada en la responsabilidad histórica. El migrante que llega a las costas europeas o a la frontera sur de México no viene de la nada: viene de territorios que fueron colonizados, de economías que fueron subordinadas, de ecologías que fueron destruidas por el mismo sistema que ahora le cierra la puerta.

La ética de la alteridad dusseliana va más lejos: el rostro del migrante es una interpelación que cuestiona la legitimidad de todo el orden que ha producido su situación. Responder éticamente a esa interpelación no significa solo abrir las fronteras como acto humanitario; significa transformar las estructuras que producen la expulsión. De lo contrario, la hospitalidad se convierte en una gestión piadosa de la miseria que el propio sistema sigue generando.

Movilidad humana como derecho de alteridad

Proponer la movilidad humana como derecho de alteridad —es decir, como derecho que emana no de la ciudadanía estatal sino de la condición de ser humano Otro, exterior al sistema que lo niega— tiene consecuencias políticas concretas. Implica, en primer lugar, la despenalización radical de la migración irregular y el reconocimiento de que cruzar una frontera sin papeles no es un delito sino una respuesta a una violencia estructural previa.

Implica, en segundo lugar, el desmantelamiento de la industria de la detención migratoria —los centros de internamiento de extranjeros en España, los campos en Grecia, las jaulas en la frontera estadounidense— que convierte la búsqueda de protección en experiencia carcelaria. Implica, en tercer lugar, el reconocimiento de la responsabilidad diferenciada de los estados del Norte en la producción de las causas de la migración, y la consecuente obligación de contribuir a su reparación.

Resistencias y horizontes

Frente a la gestión securitaria de la migración, existen ya prácticas que encarnan, aunque no siempre con ese vocabulario, la ética dusseliana de la alteridad. Las redes ciudadanas de acogida en ciudades españolas como Barcelona o Madrid. Los colectivos de migrantes que se organizan para exigir sus derechos sin esperar el permiso de las instituciones. Las comunidades indígenas en tránsito que se apoyan mutuamente en el Darién con lógicas de solidaridad que el mercado no puede comprar.

Estas prácticas son, en el horizonte de la filosofía de la liberación, prefiguraciones de un orden alternativo donde la movilidad humana sea vivida no como crisis sino como expresión de la riqueza plural de los pueblos. Un orden donde las fronteras no sean tecnologías de muerte sino, a lo sumo, marcas administrativas que no impidan a ningún ser humano buscar una vida digna.

El sistema-mundo capitalista necesita fronteras que maten para seguir funcionando. Una política de liberación necesita, por tanto, empezar por desactivarlas.

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