Producir vida, no mercancías: la economía del cuidado como horizonte político en Dussel
Existe una tensión constitutiva en el corazón del capitalismo moderno que raramente se enuncia con claridad: la riqueza que acumula el sistema descansa sobre una enorme cantidad de trabajo que nunca aparece en los libros de contabilidad. Lavar, alimentar, sanar, acompañar, criar —todas estas prácticas sostienen la reproducción de la fuerza laboral y, por tanto, del propio capital— y, sin embargo, permanecen sistemáticamente fuera del cálculo económico dominante. Enrique Dussel, desde su filosofía de la liberación, ofrece las herramientas conceptuales para nombrar esta contradicción y, más importante aún, para superarla.
La vida como criterio último de la economía
En la arquitectura conceptual dusseliana, la economía no puede comprenderse al margen de la ética. Su obra Ética de la Liberación en la Edad de la Globalización y de la Exclusión establece con precisión que el criterio material de toda norma moral es la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana. Esta afirmación, aparentemente sencilla, tiene consecuencias devastadoras para la racionalidad instrumental del mercado: si la vida es el criterio último, entonces cualquier sistema económico que la subordine a la acumulación abstracta de capital incurre en una contradicción performativa de orden ético.
Dussel recupera la distinción marxiana entre valor de uso y valor de cambio, pero la lleva más lejos. Para él, el valor de uso no es simplemente una categoría económica; es la expresión material de la satisfacción de necesidades reales de sujetos concretos. El extractivismo capitalista —tanto en su forma clásica de explotación de recursos naturales como en su versión más sutil de apropiación del trabajo reproductivo— opera precisamente invirtiendo esta jerarquía: convierte el valor de uso en mero instrumento del valor de cambio, subordinando la vida al beneficio.
El trabajo reproductivo: la invisibilización como estrategia de dominación
Una de las contribuciones más relevantes de la economía feminista latinoamericana, con la que el pensamiento dusseliano dialoga productivamente, es la denuncia de la invisibilización del trabajo reproductivo. En países como España, México o Argentina, los estudios de uso del tiempo revelan que las mujeres dedican entre dos y tres veces más horas que los hombres a tareas de cuidado no remuneradas. Esta distribución desigual no es un accidente cultural; es una condición estructural del capitalismo patriarcal que Dussel vincula directamente con la colonialidad del poder.
Desde la perspectiva de la filosofía de la liberación, el trabajo reproductivo no es un apéndice de la economía real: es su fundamento. Sin la reproducción cotidiana de los cuerpos —su alimentación, su salud, su equilibrio emocional—, no existe fuerza de trabajo que el capital pueda explotar. La paradoja es que precisamente aquello que hace posible la acumulación capitalista queda excluido de la esfera del reconocimiento económico y político. Dussel denominaría a este fenómeno una forma paradigmática de negación del Otro: la trabajadora del cuidado, mayoritariamente mujer y frecuentemente racializada, es constituida como no-ser económico incluso mientras sostiene el ser del sistema.
Extractivismo y lógica de la muerte
El extractivismo —esa modalidad de acumulación basada en la extracción intensiva de bienes comunes naturales— representa, para Dussel, la expresión más descarnada de la lógica de la fetichización del capital. En América Latina, la dependencia de modelos extractivistas ha significado históricamente la destrucción de ecosistemas, el desplazamiento de comunidades indígenas y campesinas, y la mercantilización de territorios que las poblaciones originarias conciben como sujetos vivos y no como objetos de explotación.
La conexión entre extractivismo ambiental y extractivismo del cuidado no es metafórica: ambos operan bajo la misma lógica. En los dos casos, el capital toma sin devolver, consume sin reproducir, agota sin reponer. La tierra y el cuerpo —especialmente el cuerpo femenino racializado— son tratados como reservorios infinitos de valor apropiable. Frente a esta lógica, que Dussel califica en sus escritos como una auténtica política de la muerte, la economía del cuidado propone una inversión radical de prioridades: no producir para acumular, sino cuidar para vivir.
Hacia una economía de la vida: implicaciones políticas
Situar el cuidado en el centro de la economía no es un gesto meramente simbólico. Tiene implicaciones políticas concretas que los movimientos sociales latinoamericanos han comenzado a articular con creciente sofisticación. En primer lugar, exige la redistribución del trabajo reproductivo entre géneros, clases y Estados: lo que hoy recae sobre las espaldas de mujeres empobrecidas debe convertirse en responsabilidad colectiva. En segundo lugar, reclama la valoración económica —a través de salarios, prestaciones y reconocimiento jurídico— de las tareas de cuidado que hoy permanecen en la economía informal o directamente en la gratuidad forzada.
Pero la propuesta dusseliana va más allá de la redistribución. Implica una transformación de la racionalidad económica misma. La Filosofía de la Liberación no busca integrar el cuidado al mercado capitalista —lo que equivaldría a mercantilizar la vida—, sino construir instituciones y prácticas que respondan a una racionalidad reproductiva distinta: una en la que el criterio del éxito no sea la tasa de ganancia, sino la calidad de vida de las comunidades, especialmente de sus miembros más vulnerables.
En este punto, el pensamiento de Dussel converge con experiencias concretas surgidas desde las periferias: las economías comunitarias andinas, las redes de cuidado mutual en barrios populares urbanos, las cooperativas de trabajo doméstico que proliferan en ciudades como Buenos Aires o Ciudad de México. Estas prácticas no son residuos premodernos, sino anticipaciones de una modernidad alternativa, lo que Dussel llama transmodernidad: una superación de la modernidad eurocéntrica que no la niega, sino que la interpela desde los saberes y experiencias del Sur Global.
El cuidado como acto político radical
Afirmar que cuidar es político implica reconocer que las decisiones sobre quién cuida, a quién se cuida y con qué recursos son decisiones de poder. La economía neoliberal, al retirar al Estado de la provisión de servicios de cuidado —sanidad, educación, atención a la dependencia—, no elimina esas necesidades; simplemente las traslada al ámbito privado y las convierte en carga individual, recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres de las clases trabajadoras.
Desde la filosofía dusseliana, esta privatización del cuidado es una forma de violencia estructural: niega a amplios sectores de la población el acceso a condiciones dignas de vida, al tiempo que genera plusvalía para quienes pueden mercantilizar esos servicios. La respuesta no puede ser únicamente redistributiva; debe ser constituyente. Requiere construir nuevas instituciones —formas de Estado que Dussel vincularía al poder obediencial de los movimientos populares— capaces de garantizar el cuidado como derecho universal y no como privilegio de mercado.
Conclusión: la revolución que empieza en lo cotidiano
La economía del cuidado no es una agenda secundaria ni un asunto de políticas sociales menores. Es, en la lectura dusseliana, el terreno donde se dirime la pregunta fundamental de toda filosofía política: ¿a quién sirve el orden económico? Si la respuesta sigue siendo «a la acumulación del capital», entonces la filosofía de la liberación continuará siendo necesaria como crítica y como proyecto. Si algún día la respuesta fuera «a la reproducción digna de la vida de todos y cada uno», entonces habremos comenzado a transitar, por fin, hacia esa otra economía que Dussel lleva décadas anunciando desde los márgenes del sistema-mundo.