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Soberanía sobre la muerte: necropolítica, cuerpos periféricos y el derecho a existir en el capitalismo global

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Soberanía sobre la muerte: necropolítica, cuerpos periféricos y el derecho a existir en el capitalismo global

Hay una pregunta que la filosofía política dominante ha preferido eludir: ¿quién decide quién puede vivir? No en el sentido abstracto de los manuales de bioética, sino en el sentido más concreto y brutal que impone el orden global contemporáneo. Cuando un migrante muere en el Mediterráneo, cuando una comunidad indígena es desplazada por una empresa extractivista, cuando un joven negro es abatido por las fuerzas del orden en las periferias de cualquier ciudad latinoamericana, se está ejerciendo una forma de soberanía. Una soberanía que no requiere decretos ni parlamentos: se ejerce en silencio, con la complicidad de estructuras que llamamos normalidad.

Desde la filosofía de la liberación de Enrique Dussel, esta normalidad no es accidental. Es constitutiva del sistema-mundo moderno/colonial. Y comprenderla exige articular dos categorías que, aunque provienen de tradiciones distintas, convergen en una crítica radical: la biopolítica foucaultiana y la necropolítica desarrollada por Achille Mbembe, leídas ambas a través del horizonte ético-político dusseliano.

La vida administrada: biopolítica como gestión diferencial de la existencia

Michel Foucault describió la biopolítica como el conjunto de mecanismos mediante los cuales el poder moderno tomó a la vida misma como objeto de administración. El Estado ya no solo castiga: regula, clasifica, optimiza. Gestiona poblaciones. Distribuye salud, natalidad, longevidad. Pero esta distribución nunca es neutral: hay vidas que se protegen y vidas que se exponen.

Dussel reconoce la potencia analítica de Foucault, pero señala un límite fundamental: el pensador francés opera predominantemente dentro del horizonte europeo. La biopolítica que Foucault describe es, en buena medida, la biopolítica del centro. Lo que ocurre en la periferia —en las colonias, en los barrios populares, en los territorios saqueados— requiere una categoría más oscura y más honesta.

Esa categoría es la necropolítica. Mbembe la define como el poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir. No la administración de la vida, sino la soberanía sobre la muerte. Y en el sistema-mundo capitalista, esa soberanía se ejerce de manera sistemática sobre los cuerpos que Dussel denomina el Otro: el excluido, el pobre, el colonizado, el que habita la exterioridad del sistema.

El Otro marcado para morir: colonialidad y prescindibilidad estructural

La filosofía dusseliana parte de una constatación ética y política inseparable: el sistema-mundo moderno/colonial se constituye sobre la negación del Otro. No se trata de un olvido o de una omisión histórica corregible mediante reformas graduales. Se trata de una negación activa, de una lógica que requiere la exclusión para reproducirse.

En términos necropolíticos, esta exclusión adquiere su forma más extrema en la marcación de ciertos cuerpos como prescindibles. Los pueblos originarios de América Latina que defienden sus territorios frente al avance minero son asesinados con una regularidad que apenas genera titulares en la prensa hegemónica. Las mujeres rurales que resisten el despojo son criminalizadas. Las comunidades afrodescendientes en Brasil, Colombia o Ecuador soportan tasas de homicidio que ningún informe oficial califica de genocidio, aunque los números lo exijan.

Dussel insiste en que esta violencia no es un exceso del sistema: es su funcionamiento ordinario. El capitalismo global necesita territorios desprotegidos, mano de obra precarizada y poblaciones disciplinadas por el miedo. La muerte, en este contexto, no es un fallo: es una política.

Entre el Estado y el mercado: la complicidad institucional con la muerte

Uno de los aportes más lúcidos de la filosofía de la liberación es la denuncia de la complicidad entre el poder estatal y el poder del capital en la administración de la muerte periférica. El Estado moderno, tal como lo conocemos en América Latina, no es simplemente el garante del bien común: es, en muchos casos, el instrumento mediante el cual el capital transnacional asegura las condiciones de su acumulación.

Las fuerzas de seguridad que desalojan comunidades campesinas, los marcos jurídicos que criminalizan la protesta social, los tratados de libre comercio que desmantelan las economías locales: todo ello forma parte de un entramado necropolítico que opera con legitimidad institucional. La muerte se vuelve legal. La exclusión se normaliza como gestión técnica.

Desde la perspectiva dusseliana, esta complicidad exige una crítica que vaya más allá del reformismo liberal. No basta con exigir más controles democráticos sobre las fuerzas del orden si las estructuras profundas del sistema permanecen intactas. La ética de la liberación interpela al filósofo, al intelectual y al militante a nombrar la injusticia en su raíz, no solo en sus manifestaciones superficiales.

Resistencias desde la exterioridad: el derecho a la vida como insurgencia

Pero la filosofía de la liberación no es solo una filosofía del lamento. Es, ante todo, una filosofía de la praxis transformadora. Y en los territorios donde la necropolítica opera con mayor brutalidad, emergen también las resistencias más radicales.

Las comunidades indígenas que bloquean carreteras para defender el agua, las organizaciones de madres que buscan a sus hijos desaparecidos en México, los colectivos feministas que nombran el femicidio como crimen de Estado, los movimientos campesinos que reivindican la soberanía alimentaria: todas estas luchas son, en el lenguaje dusseliano, irrupciones del Otro que se niega a ser reducido a objeto prescindible del sistema.

Dussel denomina a este momento la analéctica: el movimiento por el cual el excluido, desde su exterioridad, interpela al sistema y exige su reconocimiento. No como integración subordinada al orden existente, sino como transformación radical del mismo. El derecho a la vida digna no se mendiga: se conquista desde la organización colectiva y la conciencia crítica.

Una ética ante la muerte: responsabilidad filosófica y compromiso político

La filosofía de la liberación nos impone una responsabilidad incómoda: no es posible pensar éticamente sin tomar partido ante la muerte administrada. El filósofo que analiza la necropolítica desde la distancia académica sin comprometerse con las luchas concretas de los excluidos traiciona, según Dussel, la vocación fundamental del pensamiento crítico.

Esto no significa disolver la filosofía en el activismo, sino reconocer que toda teoría opera desde un lugar de enunciación, y que ese lugar tiene consecuencias políticas. Pensar desde la periferia, desde el rostro del Otro, desde la comunidad que resiste, es ya un acto político. Es elegir a qué vida servir.

En un mundo donde la soberanía sobre la muerte se ejerce con creciente impunidad —en las fronteras, en los territorios extractivistas, en los barrios populares, en los mares que separan continentes— la filosofía dusseliana sigue siendo una herramienta imprescindible. No para consolar, sino para interpelar. No para describir el horror, sino para contribuir a su superación desde la dignidad irrenunciable de los que luchan por existir.

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