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Género, colonialidad y liberación: el patriarcado como pilar del sistema-mundo capitalista en Dussel

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Género, colonialidad y liberación: el patriarcado como pilar del sistema-mundo capitalista en Dussel

Cuando Enrique Dussel formuló su Filosofía de la Liberación a partir de los años setenta, situó en el centro de su reflexión la figura del Otro como víctima estructural de la modernidad capitalista y colonial. Sin embargo, durante décadas, la dimensión de género permaneció insuficientemente desarrollada en su arquitectura conceptual. Hoy, la intersección entre el pensamiento dusseliano y el feminismo descolonial latinoamericano constituye uno de los debates más fértiles y urgentes del pensamiento crítico contemporáneo. Comprender el patriarcado desde las categorías de la Filosofía de la Liberación implica reconocer que la opresión de las mujeres no es un fenómeno paralelo a la dominación colonial y capitalista, sino uno de sus engranajes constitutivos.

El patriarcado como estructura de la colonialidad del poder

El sociólogo peruano Aníbal Quijano acuñó el concepto de «colonialidad del poder» para designar la matriz de dominación que, nacida con la conquista de América, organizó el mundo en torno a la raza, el trabajo y la subjetividad. Pensadoras como María Lugones fueron más lejos al demostrar que esa colonialidad del poder es inseparable de una colonialidad de género: el sistema colonial no solo impuso jerarquías raciales, sino que destruyó organizaciones sexuales y de género preexistentes en los pueblos colonizados, implantando un orden patriarcal profundamente racializado.

Desde la óptica dusseliana, este diagnóstico resulta coherente con la tesis central de que la modernidad europea se constituyó mediante la negación del Otro. Las mujeres indígenas, afrodescendientes y mestizas del Sur Global encarnan una doble negación: son el Otro del Otro, víctimas de una opresión que opera simultáneamente en los registros de la raza, la clase y el género. El «rostro» al que Dussel apela como interpelación ética —siguiendo a Emmanuel Lévinas pero radicalizándolo políticamente— adquiere aquí una dimensión de género que no puede ser ignorada sin traicionar la coherencia interna del proyecto liberador.

La crítica al feminismo occidental como proyecto eurocéntrico

Uno de los aportes más provocadores del feminismo descolonial consiste en señalar las limitaciones del feminismo hegemónico occidental. Pensadoras como Chela Sandoval, Gloria Anzaldúa o la propia Lugones han argumentado que el movimiento feminista dominante, surgido en el contexto de las sociedades industrializadas del Norte Global, reprodujo muchos de los presupuestos del universalismo eurocéntrico que Dussel critica en la filosofía moderna.

En efecto, cuando el feminismo liberal reivindica la autonomía individual, la igualdad formal ante la ley o la incorporación de la mujer al mercado laboral, lo hace desde una experiencia histórica y cultural particular —la de las mujeres blancas de clase media occidental— que se erige ilegítimamente en paradigma universal. Las mujeres del Sur Global, cuya explotación laboral ha sido durante siglos la base material del bienestar de esas mismas sociedades, no se reconocen plenamente en ese espejo. Su liberación no puede reducirse a alcanzar las condiciones de vida del sujeto femenino occidental, precisamente porque ese modelo de vida descansa sobre su propia opresión.

Dussel, con su crítica al «solipsismo eurocéntrico» y su reivindicación del principio material de la vida como fundamento ético de la política, ofrece un marco desde el cual articular esta crítica de manera filosóficamente rigurosa. Si la ética de la liberación parte del clamor de las víctimas como punto de arranque del pensamiento, entonces son las mujeres más empobrecidas y racializadas del planeta quienes interpelan con mayor urgencia a cualquier proyecto emancipatorio que se pretenda genuinamente universal.

Las izquierdas tradicionales y el olvido del género

No solo el feminismo liberal merece escrutinio crítico. Las izquierdas latinoamericanas y europeas han incurrido históricamente en lo que podría denominarse un «androcentrismo revolucionario»: la tendencia a considerar que la emancipación de clase resolverá automáticamente las opresiones de género, relegando las demandas feministas a un «después» que nunca termina de llegar.

Esta posición resulta filosóficamente insostenible desde la perspectiva dusseliana. En su obra Ética de la Liberación en la Edad de la Globalización y la Exclusión, Dussel desarrolla el concepto de «comunidad de víctimas» como sujeto político de la transformación histórica. Dicha comunidad no puede concebirse de manera homogénea ni jerarquizada: las mujeres que sufren violencia doméstica, que cargan con el trabajo reproductivo no remunerado, que son excluidas de los espacios de decisión política incluso dentro de los propios movimientos populares, no pueden esperar a que se resuelva primero la contradicción capital-trabajo. Su opresión es específica, tiene una materialidad propia y exige ser nombrada y combatida como tal.

El feminismo comunitario y descolonial que florece en Bolivia, Guatemala, México y otras naciones latinoamericanas ha entendido esto con claridad. Pensadoras como Julieta Paredes o Lorena Cabnal articulan proyectos de liberación que no separan la lucha contra el patriarcado de la lucha contra el colonialismo y el capitalismo, sino que los comprenden como un nudo de opresiones que debe ser deshecho simultáneamente.

Hacia una ética de la liberación con perspectiva de género

El desafío para el pensamiento dusseliano contemporáneo consiste en integrar plenamente la crítica feminista descolonial en sus categorías fundamentales. Ello implica, en primer lugar, reconocer que el «pueblo» —categoría central en la política dusseliana— es un sujeto heterogéneo en el que las relaciones de género atraviesan y condicionan las posibilidades de organización y emancipación colectiva. En segundo lugar, supone asumir que la «exterioridad» —ese espacio de alteridad desde el cual emerge la interpelación ética— tiene una dimensión de género que la filosofía de la liberación no puede soslayar sin volverse cómplice de la opresión que dice combatir.

Las mujeres del Sur Global no son simplemente víctimas pasivas a las que hay que liberar desde afuera: son sujetos políticos activos que producen conocimiento desde sus propias experiencias de explotación y resistencia. El pensamiento crítico que se reivindica heredero de Dussel debe aprender a escuchar esas voces no como complemento anecdótico, sino como fuente epistemológica privilegiada.

Conclusión: la liberación es también despatriarcalización

No hay liberación genuina sin despatriarcalización. Esta afirmación, que el feminismo descolonial latinoamericano ha formulado con contundencia, encuentra en la Filosofía de la Liberación de Dussel una base filosófica sólida desde la cual desarrollarse. El patriarcado no es una supervivencia precapitalista destinada a desaparecer por sí sola: es un mecanismo de acumulación, control y dominación que el sistema-mundo moderno-colonial ha perfeccionado y globalizado.

Reconocer esto no debilita el proyecto emancipatorio dusseliano; al contrario, lo enriquece y lo hace más fiel a su propio principio fundador: la vida concreta de las víctimas como criterio último de toda ética y toda política. En ese rostro que nos interpela, también está el rostro de las mujeres que, desde los márgenes del mundo, sostienen con su cuerpo y su trabajo una civilización que las niega.

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