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De la teoría a las calles: praxis y liberación en los movimientos populares de América Latina

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De la teoría a las calles: praxis y liberación en los movimientos populares de América Latina

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Una de las críticas más recurrentes que se dirigen a la filosofía política de envergadura académica es su supuesto divorcio de la realidad. Sin embargo, el pensamiento de Enrique Dussel constituye una excepción notable: su arquitectura conceptual fue construida precisamente en diálogo con las experiencias históricas de los pueblos oprimidos de América Latina, África y Asia. Lejos de operar como un sistema cerrado de abstracciones, la filosofía de la liberación dusseliana propone una articulación permanente entre el análisis crítico y la acción transformadora. Esta articulación recibe el nombre de praxis liberadora.

El concepto de praxis en el horizonte dusseliano

Dussel recupera y radicaliza la noción marxiana de praxis para dotarla de un contenido ético-político específico. En su obra, la praxis no designa simplemente la acción humana en general, sino aquella acción orientada hacia la superación de las condiciones de dominación que afectan al Otro —al excluido, al empobrecido, al colonizado—. Desde la Filosofía de la liberación hasta Política de la liberación, el filósofo argentino-mexicano insiste en que el pensamiento crítico auténtico no puede separarse del compromiso con quienes padecen las consecuencias del sistema-mundo vigente.

Esta perspectiva implica reconocer que los propios movimientos sociales son portadores de una racionalidad práctica irreductible a los esquemas teóricos elaborados desde los centros académicos. Los sujetos colectivos que protagonizan las luchas populares no son meros objetos de análisis: son, en términos dusselianos, sujetos históricos capaces de articular sus propias categorías de comprensión y sus propias estrategias de emancipación.

Resistencia indígena y el poder de los pueblos originarios

Uno de los escenarios más elocuentes para observar la praxis liberadora en acción es el de las organizaciones indígenas latinoamericanas. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, el movimiento mapuche en Chile y Argentina, o la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) representan experiencias que desafían simultáneamente la dominación económica, la invisibilización cultural y la exclusión política.

Desde la óptica dusseliana, estas organizaciones encarnan lo que él denomina el bloque social de los oprimidos: una articulación plural de actores que, partiendo de sus particularidades históricas y culturales, construyen una voluntad política común orientada hacia la transformación del orden institucional. No se trata de una vanguardia ilustrada que conduce a las masas, sino de procesos de deliberación colectiva en los que la comunidad misma define sus horizontes de liberación.

El caso del zapatismo resulta especialmente revelador. La propuesta de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno supone un ejercicio concreto de lo que Dussel llama poder obediencial: una forma de autoridad política que se legitima por su capacidad de escuchar y servir a la comunidad, en contraposición al poder fetichizado que se ejerce sobre ella. Aquí la filosofía y la práctica organizativa se retroalimentan de manera que ningún texto académico podría reproducir de forma unilateral.

Luchas campesinas y la disputa por la tierra

Otro ámbito privilegiado para examinar la praxis liberadora es el de los movimientos campesinos, cuya lucha por la tierra constituye en América Latina una de las tradiciones de resistencia más prolongadas y complejas. El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil, con más de cuatro décadas de historia, representa quizás el ejemplo más elaborado de cómo una organización popular puede articular reivindicaciones materiales inmediatas con un proyecto político de largo alcance.

El MST no sólo disputa el acceso a la tierra: construye escuelas, desarrolla currículas propias, forma cuadros políticos y elabora una visión de la soberanía alimentaria que interpela directamente al modelo agroexportador dominante. En términos dusselianos, esta experiencia ilustra cómo la praxis liberadora opera en múltiples dimensiones simultáneamente —económica, cultural, pedagógica, política— sin reducirse a ninguna de ellas.

Dussel ha señalado reiteradamente que la liberación no puede ser un proceso parcial: la emancipación económica sin transformación cultural reproduce nuevas formas de dominación. Las comunidades que luchan por la tierra están, al mismo tiempo, disputando su derecho a definir sus propias formas de vida, sus propias concepciones del trabajo y su propia relación con el territorio.

Organizaciones urbanas y la política desde abajo

Las ciudades latinoamericanas también constituyen escenarios de praxis liberadora. Las asambleas barriales que emergieron en Argentina durante la crisis de 2001, las organizaciones de trabajadores informales en Bolivia que precedieron y acompañaron el ascenso del MAS, o los movimientos feministas que en México y Chile han redefinido los términos del debate político en la última década, son expresiones de una politicidad popular que no espera permiso de las instituciones para desplegarse.

Desde la perspectiva de Dussel, estas experiencias son particularmente valiosas porque ponen en cuestión la separación liberal entre lo público y lo privado, entre la política institucional y la vida cotidiana. La política, en su dimensión liberadora, comienza donde la gente vive, trabaja y sufre: en los barrios populares, en los mercados informales, en las comunidades que resisten el despojo.

La vigencia del pensamiento dusseliano en el siglo XXI

A medida que América Latina enfrenta nuevas oleadas de ajuste estructural, extractivismo y autoritarismo, las categorías elaboradas por Dussel mantienen una capacidad explicativa y orientadora que difícilmente puede encontrarse en otros marcos teóricos. La distinción entre poder como potencia del pueblo y poder como dominación fetichizada, la ética de la liberación como fundamento de la crítica al sistema vigente, y la noción de praxis como unidad indisociable entre pensamiento y acción: todo ello ofrece herramientas conceptuales que los propios movimientos sociales pueden reconocer como pertinentes.

La filosofía de la liberación no es, en definitiva, una filosofía sobre los oprimidos: aspira a ser una filosofía desde y con ellos. Esa aspiración, que Dussel ha sostenido durante más de cinco décadas, encuentra en los movimientos populares latinoamericanos contemporáneos su verificación más contundente.

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