Más allá del fin de la historia: transmodernidad dusseliana y la rebelión de los saberes periféricos
Photo: Press Service of the President of the Republic of Azerbaijan, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons
A finales del siglo XX, dos grandes narrativas disputaban la hegemonía intelectual en Occidente. Por un lado, el triunfalismo liberal que proclamaba el fin de la historia y la universalización definitiva del modelo democrático-capitalista. Por otro, la crítica posmoderna que, desde las universidades europeas y norteamericanas, disolvía los grandes relatos, deconstruía las identidades y celebraba la fragmentación como forma de resistencia. Enrique Dussel rechazó ambas opciones con igual energía, y en ese doble rechazo reside uno de los aportes más originales de su filosofía: el concepto de transmodernidad.
El diagnóstico: dos callejones sin salida
Para comprender la propuesta dusseliana es necesario entender primero por qué considera insuficientes tanto la modernidad como la posmodernidad. La crítica a la modernidad eurocéntrica es, en Dussel, bien conocida: la narrativa que presenta a Europa como el origen del pensamiento racional, la democracia y los derechos humanos oculta sistemáticamente el hecho de que esa modernidad se construyó sobre la conquista, la esclavitud y el saqueo colonial. El sujeto moderno universal es, en realidad, un sujeto particular —blanco, masculino, europeo— que se autodesignó como medida de toda humanidad.
Pero la posmodernidad, lejos de superar ese problema, lo agrava de una manera específica. Al negar la posibilidad de cualquier fundamento normativo, al relativizar toda afirmación de verdad y al celebrar la diferencia sin preguntarse por las condiciones materiales que la producen, el pensamiento posmoderno termina siendo funcional al sistema que pretende criticar. Como ha señalado Dussel en diversas obras, la posmodernidad es un fenómeno intraeuropeo: es la crisis de conciencia de una civilización que ha agotado sus promesas internas, pero que sigue hablando desde el centro como si su crisis fuera la crisis del mundo entero.
Desde América Latina, desde África, desde Asia, el diagnóstico es diferente. Las promesas de la modernidad —igualdad, libertad, dignidad, desarrollo— nunca llegaron a cumplirse para las mayorías periféricas. No es posible, por tanto, declarar superadas unas promesas que nunca fueron realizadas. La tarea histórica de los pueblos del Sur no es despedirse de la modernidad, sino reclamar para sí una versión de esas promesas que no estuvo disponible para ellos.
La transmodernidad: una propuesta civilizatoria desde la periferia
Es en este contexto donde cobra sentido el concepto de transmodernidad. Dussel lo introduce para designar un proyecto que va más allá de la modernidad eurocéntrica, pero no por la vía de su negación nihilista, sino por la de su superación dialéctica enriquecida por las tradiciones culturales que la modernidad excluyó.
La transmodernidad no es un regreso al pasado precolonial ni una idealización de las culturas no occidentales. Es, más bien, una apuesta por un diálogo intercultural genuinamente simétrico, en el que las civilizaciones periféricas no se limiten a recibir e incorporar los valores modernos europeos, sino que los interpelen desde sus propias categorías filosóficas, éticas y políticas, enriqueciéndolos, cuestionándolos y transformándolos.
Esto supone reconocer que existen múltiples modernidades posibles, o más exactamente, que la modernidad occidental fue solo una de las formas en que la humanidad podría haber organizado su tránsito hacia la complejidad política y epistémica de los tiempos contemporáneos. Las civilizaciones china, india, árabe-islámica, mesoamericana o andina desarrollaron, en sus momentos de esplendor, sistemas filosóficos, jurídicos y políticos de una sofisticación comparable o superior a la de la Europa del Renacimiento. La colonialidad del poder —para utilizar la categoría de Aníbal Quijano, con quien Dussel mantiene un diálogo productivo— fue la que impuso una jerarquía artificial entre esos sistemas, relegando a los no europeos a la categoría de proto-modernidades fallidas.
Implicaciones geopolíticas: el Sur como sujeto, no como objeto
La transmodernidad no es únicamente una categoría filosófica abstracta; tiene consecuencias geopolíticas de primer orden. En el escenario internacional del siglo XXI, marcado por el ascenso de potencias no occidentales, la crisis de las instituciones multilaterales diseñadas en la posguerra y la emergencia de movimientos sociales que reivindican identidades y epistemologías históricamente marginadas, el marco dusseliano ofrece herramientas analíticas de una pertinencia extraordinaria.
La propuesta transmoderna implica, en el plano geopolítico, defender la multipolaridad no como simple redistribución del poder entre Estados, sino como condición para la emergencia de un orden internacional genuinamente plural en términos civilizatorios. No se trata de que China o India simplemente ocupen el lugar que antes tenían Estados Unidos o Europa en el sistema-mundo capitalista, reproduciendo las mismas lógicas de dominación con otros protagonistas. Se trata de que el diálogo entre civilizaciones produzca formas inéditas de organización política, económica y cultural que ninguna de ellas podría alcanzar por sí sola.
En América Latina, esta perspectiva se ha traducido en debates muy concretos sobre la integración regional, la soberanía epistémica y la relación con los movimientos indígenas y afrodescendientes. Experiencias como la del Buen Vivir en Ecuador y Bolivia, la jurisprudencia constitucional que reconoce los derechos de la naturaleza o los procesos de consulta previa a comunidades originarias son, desde una lectura dusseliana, ensayos prácticos —contradictorios e imperfectos, como toda práctica política— de transmodernidad en acción.
El diálogo de civilizaciones como imperativo ético
Dussel enmarca la transmodernidad en lo que denomina una ética de la liberación de alcance planetario. Frente a la ética del discurso de Habermas, que presupone condiciones ideales de simetría que en la realidad global no existen, la ética dusseliana parte de la asimetría real entre los participantes del diálogo intercultural y hace de esa asimetría el punto de partida normativo: la obligación de escuchar al Otro no deriva de un consenso previo, sino de la interpelación que la víctima del sistema dirige al sistema mismo.
En este sentido, el diálogo de civilizaciones que la transmodernidad propone no puede ser un ejercicio académico de comparación de textos sagrados o de filosofías clásicas. Debe ser un diálogo situado históricamente, que asuma las asimetrías de poder que lo condicionan y que apunte hacia su transformación. Un diálogo que no ignore quién ha hablado siempre y quién ha sido obligado a callar.
Esa es, quizás, la contribución más duradera del concepto de transmodernidad: recordarnos que el futuro compartido de la humanidad no está escrito todavía, y que su escritura requiere voces que durante demasiado tiempo han sido excluidas de la conversación.