Datos como botín: el extractivismo digital y la nueva colonialidad del siglo XXI
Cuando Enrique Dussel formuló su crítica al sistema-mundo moderno/colonial, difícilmente podía anticipar con precisión la velocidad con que el capitalismo encontraría nuevos territorios de acumulación. Sin embargo, las categorías que elaboró con paciencia intelectual a lo largo de décadas —la exterioridad, la alteridad negada, la violencia epistémica, la acumulación originaria como proceso permanente— resultan hoy herramientas indispensables para comprender un fenómeno que ha transformado radicalmente las condiciones de dominación: el extractivismo digital.
Las plataformas tecnológicas transnacionales —Alphabet, Meta, Amazon, Microsoft— operan sobre los cuerpos y las mentes del Sur Global de un modo que guarda una simetría perturbadora con las formas históricas del colonialismo. No se trata de una metáfora retórica, sino de una homología estructural que merece ser examinada con rigor filosófico y político.
El despojo sin trincheras: acumulación por desposesión en el espacio digital
David Harvey recuperó la noción marxiana de acumulación originaria para demostrar que no se trata de un episodio fundacional ya clausurado, sino de un mecanismo constitutivo y permanente del capitalismo. Dussel profundizó esta lectura al anclarla en la experiencia histórica de América Latina: la conquista, la encomienda, la hacienda, el latifundio, la deuda externa, el ajuste estructural. Cada ciclo histórico del capitalismo ha encontrado nuevas formas de separar a los pueblos de sus medios de vida, de sus saberes, de sus territorios.
El extractivismo digital constituye la expresión más reciente de esta lógica. Los datos generados por millones de usuarios en el Sur Global —sus hábitos de consumo, sus relaciones afectivas, sus búsquedas médicas, sus expresiones políticas, sus prácticas culturales— son capturados, procesados y convertidos en mercancía sin que medie ninguna forma de consentimiento real ni compensación justa. La asimetría es estructural: las infraestructuras de extracción pertenecen al Norte Global; las poblaciones que producen el valor son del Sur.
Dussel diría que en este intercambio desigual se reproduce la lógica del encubrimiento: el usuario cree participar libremente en un servicio gratuito, mientras que en realidad entrega la materia prima de una industria billonaria. La gratuidad es la nueva forma del trueque colonial: cuentas de vidrio por oro.
Violencia epistémica algorítmica: quién sabe, quién decide, quién existe
Pero la dimensión más profunda del extractivismo digital no es solo económica. Siguiendo la crítica dusseliana a la razón moderna, debemos interrogar la episteme que organiza estos sistemas. Los algoritmos no son neutros: son arquitecturas de poder que definen qué información circula, qué narrativas se amplifican, qué voces son silenciadas y qué cuerpos son invisibilizados.
Los sistemas de inteligencia artificial son entrenados predominantemente con datos producidos en el Norte Global, en inglés, desde marcos culturales específicos. Cuando estas herramientas se despliegan sobre las poblaciones del Sur, producen sesgos sistemáticos: rostros oscuros mal reconocidos por los sistemas de vigilancia biométrica, lenguas indígenas ausentes de los modelos de procesamiento de lenguaje, saberes comunitarios excluidos de las bases de datos que definen lo que se considera conocimiento válido.
Esta es la violencia epistémica en su forma digital: la negación del Otro como fuente legítima de saber y de existencia. Dussel, siguiendo a Levinas, afirmó que el rostro del Otro interpela éticamente al sujeto moderno. Hoy, ese rostro es literalmente procesado por una máquina que decide si lo reconoce o lo descarta.
Soberanía digital como horizonte de liberación
Frente a este panorama, la filosofía de la liberación no se agota en el diagnóstico. Su vocación práxica exige pensar las condiciones de posibilidad de una soberanía digital desde el Sur. Esto implica varios frentes de lucha interconectados.
En primer lugar, la exigencia de una regulación efectiva que reconozca los datos personales como bienes comunes y no como materia prima apropiable. Experiencias como la propuesta de impuesto a los datos de la Unión Africana o los debates sobre soberanía de datos en Brasil y Argentina apuntan en esta dirección, aunque de manera todavía insuficiente.
En segundo lugar, el impulso a infraestructuras tecnológicas propias: redes comunitarias en territorios indígenas, plataformas de comunicación autogestionadas, modelos de inteligencia artificial entrenados con datos del Sur y orientados hacia necesidades del Sur. Iniciativas como las redes de telecomunicaciones comunitarias en Oaxaca, México, o el proyecto Lúcuma en el Perú demuestran que estas alternativas no son utopías, sino realidades en construcción.
En tercer lugar, y quizás lo más urgente desde la perspectiva dusseliana, la construcción de una conciencia crítica sobre la colonialidad digital. La filosofía de la liberación ha insistido siempre en que la transformación material requiere una transformación de la subjetividad: los pueblos del Sur no pueden aceptar como natural su posición de productores de datos para el enriquecimiento ajeno.
El imperativo ético ante la nueva exterioridad
Dussel elaboró la categoría de exterioridad para nombrar aquello que el sistema excluye pero que, en su exclusión misma, porta la potencia de la interpelación ética y política. En el orden digital contemporáneo, los pueblos del Sur son exteriorizados de un doble modo: como objetos de extracción y como sujetos cuya experiencia no cuenta como fundamento del saber tecnológico.
Responder a esta interpelación exige, en términos dusselianos, una analéctica: no simplemente negar el sistema desde afuera, sino construir desde la exterioridad negada una racionalidad alternativa que dispute el sentido mismo del desarrollo tecnológico. ¿Para qué sirve la tecnología? ¿Quién la controla? ¿A quién beneficia? ¿Qué formas de vida promueve y cuáles destruye?
Estas preguntas no son técnicas. Son preguntas filosóficas y políticas en el sentido más radical. Y la filosofía de la liberación, con su insistencia en la dignidad irreductible del Otro excluido, ofrece un punto de partida irrenunciable para responderlas.