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Ante el rostro del excluido: responsabilidad ética y crisis de la política moderna en Enrique Dussel

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Ante el rostro del excluido: responsabilidad ética y crisis de la política moderna en Enrique Dussel

Photo: social exclusion protest solidarity Latin America people, via www.elementarymathgames.net

Hay una pregunta que recorre toda la obra de Enrique Dussel con la insistencia de una herida que no cicatriza: ¿qué le debemos al que sufre? No en términos de caridad o de filantropía, sino en términos de responsabilidad ética constitutiva, de una obligación que antecede a cualquier contrato social y que no puede ser delegada ni diferida. Esta pregunta, que el filósofo argentino-mexicano hereda en parte de Emmanuel Levinas y radicaliza desde la experiencia concreta de América Latina, adquiere hoy una urgencia renovada en un contexto global donde la exclusión se ha vuelto sistémica y la indiferencia política, casi una virtud cívica.

La indiferencia como postura política

La indiferencia ante el sufrimiento ajeno no es, en las sociedades contemporáneas, un simple defecto moral individual. Es, ante todo, una construcción política sostenida por discursos, instituciones y prácticas que normalizan la exclusión y la presentan como resultado inevitable de procesos naturales —el mercado, la competencia, el mérito— en lugar de como producto de decisiones históricas y estructuras de poder perfectamente identificables.

Dussel llama a este fenómeno la «fetichización del sistema». Cuando el orden vigente se convierte en horizonte absoluto de lo posible, el sufrimiento de quienes quedan fuera de él deja de percibirse como injusticia y comienza a leerse como fracaso personal, como consecuencia lógica de no haber sabido adaptarse. El desempleo masivo, la precariedad habitacional, el acceso desigual a la salud y a la educación: todo ello queda subsumido bajo una narrativa que absuelve al sistema y culpabiliza a la víctima.

Frente a esta lógica, la filosofía de la liberación propone una inversión radical del punto de partida. En lugar de preguntar cómo integrar al excluido dentro del sistema existente, Dussel interroga al sistema desde la perspectiva del excluido: ¿qué dice de nosotros el hecho de que su exclusión sea posible y tolerable? ¿Qué tipo de racionalidad política produce y reproduce este resultado?

El rostro del Otro como interpelación ética

El concepto central que articula la ética dusseliana es el de la «exterioridad» del Otro. Retomando la fenomenología levinasiana del rostro, pero desplazándola hacia el contexto latinoamericano y global, Dussel argumenta que el sufrimiento del excluido no es simplemente una realidad empírica que el pensamiento puede tomar o dejar: es una interpelación que rompe la complacencia del sistema y exige una respuesta.

Esta interpelación tiene una dimensión política directa. El excluido —el migrante que muere en el desierto de Sonora, la familia que pierde su hogar por una ejecución hipotecaria, la comunidad indígena desplazada por un proyecto extractivista— no habla únicamente de su propia desgracia. Habla de las contradicciones profundas de un modelo civilizatorio que se presenta como el único posible mientras genera, de manera sistemática, las condiciones de su propio cuestionamiento.

Para Dussel, ignorar esta interpelación no es una postura neutral: es una decisión política que sostiene el statu quo. La indiferencia, en este sentido, es siempre complicidad. No actuar ante la injusticia es actuar a favor de ella.

La responsabilidad como categoría política, no sólo moral

Uno de los aportes más originales de Dussel consiste en trasladar la responsabilidad ética ante el Otro del plano de la moral individual al de la praxis política colectiva. No basta con que el individuo sienta compasión o indignación: es necesario que esa sensibilidad se traduzca en organización, en demanda institucional, en transformación de las estructuras que producen la exclusión.

Esta articulación entre ética y política tiene consecuencias concretas para pensar los movimientos sociales contemporáneos. Las movilizaciones feministas que en España y en América Latina han puesto en el centro del debate político la violencia de género y la desigualdad estructural; las protestas de los pueblos originarios frente al despojo territorial; las plataformas ciudadanas que exigen el derecho a la vivienda en ciudades como Madrid o Barcelona: todas estas expresiones de rebeldía pueden leerse, desde la perspectiva dusseliana, como respuestas políticas a la interpelación ética del excluido.

No son, por tanto, fenómenos marginales o irracionales. Son, precisamente, la irrupción de la exterioridad en el corazón del sistema, la manifestación de que aquello que se pretendía invisible ha comenzado a hacerse oír.

La crítica a la política del consenso

Dussel es especialmente severo con las versiones de la política democrática que reducen la participación a la gestión del consenso entre actores ya reconocidos por el sistema. Esta «política del consenso» —que en sus versiones más sofisticadas apela a procedimientos deliberativos de corte habermasiano— tiene un punto ciego estructural: excluye de la deliberación precisamente a quienes más necesitarían participar en ella, porque carecen de los recursos, el reconocimiento y el acceso institucional que la deliberación requiere.

La ética de la liberación propone, en cambio, una política que comience por escuchar la voz de los excluidos antes de fijar los términos del debate. Esto no implica romantizar la pobreza ni sustituir el análisis estructural por el voluntarismo identitario. Implica reconocer que cualquier proyecto político que se pretenda emancipador debe construirse desde abajo, desde las demandas concretas de quienes cargan con el peso de las contradicciones del sistema.

Un imperativo para el presente

En el contexto político actual, marcado en España y en el conjunto de Europa por el ascenso de discursos que criminalizan la migración, recortan los derechos sociales y presentan la desigualdad como destino inevitable, la filosofía de la liberación de Dussel no es una referencia académica lejana. Es una herramienta de análisis y, sobre todo, de orientación ética para quienes no están dispuestos a aceptar la normalización del sufrimiento.

Responsabilizarse ante el Otro excluido no es un gesto sentimental: es el fundamento de cualquier política que merezca llamarse democrática. Y es, también, la apuesta central de un pensamiento que, desde las periferias del mundo, continúa interpelando las certezas del orden global.

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